sábado, 25 de febrero de 2012

Profesorado-Actor-Espectador: Competencia didáctica y Formación permanente.


El actual enfoque del Sistema Educativo nos habla de alcanzar alumnos/as competentes intentando hacer un esfuerzo por reconocer la realidad y sus demandas. Delimita para ello ocho competencias que hacen referencia a distintos planos o ámbitos “de la realidad”. Esto obliga a que el docente se convierta a partir de ese momento en una persona que debe saber, saber hacer y saber interpretar. Me cuestiono por tanto las verdaderas competencias del maestro: Capacidad para memorizar, reproductor de datos, transmisor de conocimientos,… y las sustituyo por algunas otras alternativas: Invisibilidad en el aula, entendedor del conocimiento, autoridad disciplinaria (Nieves Blanco, 2011), provocador de contextos de producción y aplicación (Pérez Gómez, 2011 citando a Berstein)…
Nieves Blanco (2010) citando a Cristian Laval define el término competencias:
“aquello por lo cual un individuo es útil en la organización productiva (…) Conceder la prioridad más a las cualidades inmediatamente útiles de la personalidad empleable que a los conocimientos realmente apropiados –pero que no serían necesaria ni inmediatamente útiles desde el p.v. económico- conlleva un grave riesgo de desintelectualización y de deformación de los procesos de aprendizaje”(Christian Laval, 2004, 103).
Por su parte, Pérez Gómez (2011) define las competencias de acuerdo con el informe DeSeCo:
“Combinación de conocimientos, habilidades, actitudes, valores y emociones que activa el sujeto humano para comprender y actuar ante situaciones complejas de la vida personal, social y profesional”
Esto me hace pensar en las verdaderas finalidades de los sistemas educativos; provocar procesos de aprendizaje en los que los alumnos/as sean conscientes de lo que aprenden a través de una metodología totalmente cercana a su realidad particular (Métodos naturales de enseñanza y aprendizaje); en segundo lugar luchar por la igualdad compartiendo la discrepancia y la diferencia, partiendo de la conciencia de globalización, multilingüismo y multiculturalidad; que el alumnado aprenda construyendo estructuras democráticas, tal y como se refleja en el cortometraje “Escuela Viva” realizado por Julián Pavón; y por último, capacitar para desarrollar criterios propios que permitan al alumno/a organizar la información que les llega y utilizarla de manera práctica y eficaz en cualquier situación de incertidumbre; es decir, capacitar para trabajar en la incertidumbre y lo desconocido.
De esta forma no podemos apoyar una educación que apuesta por la homogeneidad didáctica. No podemos educar de la misma forma con los mismos recursos, con similares métodos a personas que presentan características diferentes. Como ya he apuntado, la homogeneidad docente, en este sentido, provoca desigualdad discente. Hemos de saber distinguir entre saberes procedimentales (Lenguajes escrito, hablado, lógico-matemático) y saberes sustantivos (Relativos a la sabiduría), y que se orientan a la singularidad, a la equivalencia de oportunidades, a la optatividad de los contenidos y aprendizajes. Reflexionemos pues sobre cuáles son nuestras competencias de acuerdo con Pérez Gómez (2011): Diseñar contextos y diseñar actividades. Contextos, en la medida en que los aprendizajes deben ser producidos por los propios alumnos/as (Contextos de producción); deben producirse mediante tareas prácticas y procedimentales que acerquen los contenidos al alumno y al mismo tiempo a su realidad (Contextos de aplicación). Por último añade los contextos reproductivos, en los que el alumnado aprende de manera tradicional mediante una técnica de instrucción directa. En este caso, partiendo de estas premisas, se puede intuir que el maestro deberá diseñar el mayor número de contextos de producción y aplicación, reduciendo al máximo los contextos reproductivos. Y en segundo lugar, Actividades, ya que constituyen las experiencias de aprendizaje, por lo que prefiero denominarlas momentos de aprendizaje. Dichas actividades o momentos deben formar parte de un continuum dentro de la jornada escolar, es decir, se trata de provocar aprendizajes globalizados en contextos en los que el maestro/a cree actividades, y haga uso de unas u otras de acuerdo con su tipología (Introducción, desarrollo, finales, evaluación, tics, refuerzo, ampliación, etc) en función de los ritmos de aprendizaje de cada uno de los alumnos y el tiempo del que disponga para ello.
En este sentido, resulta evidente el carácter permanente de la innovación en el ámbito docente, dentro del marco de la formación. De acuerdo con Carbonell (2001) dicha formación se debe realizar en dos planos: uno individual como resultado de la preocupación personal por aprender y su bagaje como maestro/a-profesor/a, y el otro, colectivo, haciendo referencia a las relaciones con otros iguales y diferentes contextos con los que interactúa. Señala este mismo autor tres apuntes: la formación personal y lectura crítica, en cuanto que se debe fomentar el hábito lector individual y colectivo y la autoformación entre el profesorado; la formación colaborativa o cooperativa, creando tiempos, espacios, oportunidades y estímulos para enriquecerse unos de otros, a través de proyectos de investigación grupales, abriendo las aulas a otros docentes, encuentros externos para intercambiar experiencias, etc; y en tercer lugar la reflexión, ya que no sólo vale la experiencia, sino que ésta hay que someterla a la autocrítica, el análisis, a la mirada del otro, para que se produzca verdaderamente el cambio y mejora personal, perseguida. Bajo esta perspectiva, considero que aquel profesor innovador no es quien aplica lo nuevo sino aquel que provoca nuevas reflexiones y como consecuencia nuevas motivaciones en el alumnado.
Quisiera hacer referencia a un artículo de Santos Guerra en “La pedagogía contra Frankenstein”, “Dar clase con la boca cerrada” en el que hace referencia a un libro de Ken Bain, director del Center for Teaching Excellence de la New York University, titulado “Lo que hacen los mejores profesores universitarios”. En él se exponen los diez rasgos que deben caracterizar al buen profesor, extraídos del estudio realizado a 63 docentes, considerados por los estudiantes como buenos profesores, lo cual es bastante significativo: 
-          Generan expectativas, no utilizando un lenguaje basado en exigencias, sino cercano al alumnado, cómplice.
-          Parten de los cotidiano, ayudando al alumnado a entender circunstancias o hechos cotidianos
-          Dominan su materia, son auténticos eruditos, contando con publicaciones que figuran entre las preferidas del alumnado
-          Esperan más, confiando en la capacidad de aprendizaje de sus alumnos/as.
-          Son abiertos, llegando a compartir su aventura intelectual con sus alumnos/as
-          Aman la docencia, y esto se manifiesta en la importancia que otorgan a sus clases como si de proyectos de investigación se tratara.
-          Hacen autocrítica, no culpando a los estudiantes de ninguna de las dificultades.
-          Crean entornos para el aprendizaje, críticos y naturales.
-          Evitan la arbitriariedad, es decir cuando evalúan se autoevalúan y fundamentan sus calificaciones en objetivos de aprendizaje básicos.
-           Hacen comunidad, abriendo el aula y considerando sus clases y conocimientos como parte de una empresa educativa.
Estos planteamientos contrastan con la “Mentalidad propedéutica” señalada por Rafael Feito (2006), de aquellos profesores convencionales, por calificarlos de algún modo, que entienden su labor docente como una mera transmisión de conocimientos llave para poder alcanzar el siguiente nivel educativo (Bachillerato, Universidad,…). Su propósito es acabar el libro de texto o el programa con independencia de que los alumnos/as estén interesados o aprendan los contenidos curriculares. Es decir, reflejando la idea de Ángela Alioli (1997), no existe dirección ni rumbo para un barco que debe llegar, en el sentido profundo de la expresión, a un puerto tan importante como el niño/a, y en general el estudiante. Hemos de usar lo que tenemos (Historia, filosofía, matemáticas,…) para darle un sentido y trasladarlo a la vida.
 “No es suficiente con saber muchas matemáticas (Competencia disciplinaria) sino saber además ponerlas al servicio de la realidad (Autoridad científica)…Hay un reconocimiento generalizado sobre los límites propios y se busca aquello que puede ser posible. Si caemos en la impotencia o en la prepotencia, caemos en la inacción. Nos conformamos con el libro establecido y asumido para ganar autoconvencimiento. No somos transmisores, altavoces, somos mediadores entre el conocimiento y el alumno/a para hacer comprender al alumno/a la realidad” (Nieves Blanco, 2011).
Se trata de perseguir el enfoque útil de lo que somos y hacemos. Afirma Daniel Pennac en la entrevista realizada por Lola Lara (2008): “El aula es un trozo de humanidad tal cual”. Se trata pues de un doble paradigma competencial que haga al profesor amar desde dos puntos de vista; por un lado, amar su profesión y por otro amar al alumnado, entendiendo este tipo de amor como dirigir nuestra enseñanza no hacia las asignaturas o al estudiante, con un sentido peyorativo, sino hacia personas.
Se puede corresponder esta reflexión con el concepto de vocación que señala María Zambrano (2000). Esta autora analiza “la llamada”  o vocación, como algo que no sólo hay que oír, sino también acoger, ensimismándose para manifestarse con mayor plenitud. Porque la vocación, bajo mi punto de vista debe ser considerada como competencia intrínseca entendida como la unión de vida, ser y realidad. Se trata de rescatar el ser sin perder de vista la realidad, revelar la vida revelando al mismo tiempo la razón, descubrir la integridad humana sin desconocer ninguno de los aspectos que la integran. Debemos convertirnos en mediadores de conocimiento, “…interpretar las cosas, ir más allá de lo que tenemos delante de nuestros ojos y construir nuestro propio conocimiento e identidad a través de interacciones, de relaciones,…”(Nieves Blanco, 2011). Esta mediación se debe materializar o concretar a través de climas de libertad de expresión cooperativos en el aula, con dos intenciones metodológicas claras: que los alumnos/as creen aprendizajes durante la práctica y que planifiquen y propongan aprendizajes futuros. Sólo así daremos “sentido vocacional” al proceso.
Considero, por tanto, en definitiva que “sentido”, cuyo origen etimológico tiene la misma raíz que sentir y sentimientos; y “vocación”, deben estar conectados, entendiendo la vocación no como algo innato, sino como “…un proceso de descubrimiento, de tu condición humana, de tu yo. Ese descubrimiento te obliga, te inspira, te invita, te pide hacer lo descubierto para ser feliz (Nieves Blanco, 2011). Me podría aventurar a definir o clasificar las competencias en intrínsecas o personales (Competencias auto) y extrínsecas o aquellas que la sociedad reconoce como necesarias y útiles (Competencias hetero), ambos tipos bajo la percepción, en palabras de Philippe Meirieu (2007) “…provocar el deseo de aprender…No nos podemos contentar con dar de beber a quienes ya tienen sed. También hay que dar sed a quienes no quieren beber”.

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