El actual enfoque del
Sistema Educativo nos habla de alcanzar alumnos/as competentes intentando hacer
un esfuerzo por reconocer la realidad y sus demandas. Delimita para ello ocho
competencias que hacen referencia a distintos planos o ámbitos “de la realidad”.
Esto obliga a que el docente se convierta a partir de ese momento en una
persona que debe saber, saber hacer y saber interpretar. Me cuestiono por tanto
las verdaderas competencias del maestro: Capacidad para memorizar, reproductor
de datos, transmisor de conocimientos,… y las sustituyo por algunas otras
alternativas: Invisibilidad en el aula, entendedor del conocimiento, autoridad
disciplinaria (Nieves Blanco, 2011), provocador de contextos de producción y
aplicación (Pérez Gómez, 2011 citando a Berstein)…
Nieves Blanco (2010)
citando a Cristian Laval define el término competencias:
“aquello por lo cual un individuo es útil en la
organización productiva (…) Conceder la prioridad más a las cualidades
inmediatamente útiles de la personalidad empleable que a los conocimientos
realmente apropiados –pero que no serían necesaria ni inmediatamente útiles
desde el p.v. económico- conlleva un grave riesgo de desintelectualización y de
deformación de los procesos de aprendizaje”(Christian Laval, 2004, 103).
Por su parte, Pérez
Gómez (2011) define las competencias de acuerdo con el informe DeSeCo:
“Combinación de
conocimientos, habilidades, actitudes, valores y emociones que activa el sujeto
humano para comprender y actuar ante situaciones complejas de la vida personal,
social y profesional”
Esto me hace pensar en
las verdaderas finalidades de los sistemas educativos; provocar procesos de
aprendizaje en los que los alumnos/as sean conscientes de lo que aprenden a
través de una metodología totalmente cercana a su realidad particular (Métodos
naturales de enseñanza y aprendizaje); en segundo lugar luchar por la igualdad
compartiendo la discrepancia y la diferencia, partiendo de la conciencia de
globalización, multilingüismo y multiculturalidad; que el alumnado aprenda
construyendo estructuras democráticas, tal y como se refleja en el cortometraje
“Escuela Viva” realizado por Julián Pavón; y por último, capacitar para
desarrollar criterios propios que permitan al alumno/a organizar la información
que les llega y utilizarla de manera práctica y eficaz en cualquier situación
de incertidumbre; es decir, capacitar para trabajar en la incertidumbre y lo
desconocido.
De esta forma no
podemos apoyar una educación que apuesta por la homogeneidad didáctica. No
podemos educar de la misma forma con los mismos recursos, con similares métodos
a personas que presentan características diferentes. Como ya he apuntado, la
homogeneidad docente, en este sentido, provoca desigualdad discente. Hemos de
saber distinguir entre saberes procedimentales (Lenguajes escrito, hablado,
lógico-matemático) y saberes sustantivos (Relativos a la sabiduría), y que se
orientan a la singularidad, a la equivalencia de oportunidades, a la
optatividad de los contenidos y aprendizajes. Reflexionemos pues sobre cuáles
son nuestras competencias de acuerdo con Pérez Gómez (2011): Diseñar contextos
y diseñar actividades. Contextos, en la medida en que los aprendizajes deben
ser producidos por los propios alumnos/as (Contextos de producción); deben
producirse mediante tareas prácticas y procedimentales que acerquen los
contenidos al alumno y al mismo tiempo a su realidad (Contextos de aplicación).
Por último añade los contextos reproductivos, en los que el alumnado aprende de
manera tradicional mediante una técnica de instrucción directa. En este caso,
partiendo de estas premisas, se puede intuir que el maestro deberá diseñar el
mayor número de contextos de producción y aplicación, reduciendo al máximo los
contextos reproductivos. Y en segundo lugar, Actividades, ya que constituyen
las experiencias de aprendizaje, por lo que prefiero denominarlas momentos de
aprendizaje. Dichas actividades o momentos deben formar parte de un continuum
dentro de la jornada escolar, es decir, se trata de provocar aprendizajes globalizados
en contextos en los que el maestro/a cree actividades, y haga uso de unas u
otras de acuerdo con su tipología (Introducción, desarrollo, finales,
evaluación, tics, refuerzo, ampliación, etc) en función de los ritmos de
aprendizaje de cada uno de los alumnos y el tiempo del que disponga para ello.
En este sentido,
resulta evidente el carácter permanente de la innovación en el ámbito docente,
dentro del marco de la formación. De acuerdo con Carbonell (2001) dicha
formación se debe realizar en dos planos: uno individual como resultado de la
preocupación personal por aprender y su bagaje como maestro/a-profesor/a, y el
otro, colectivo, haciendo referencia a las relaciones con otros iguales y
diferentes contextos con los que interactúa. Señala este mismo autor tres
apuntes: la formación personal y lectura crítica, en cuanto que se debe
fomentar el hábito lector individual y colectivo y la autoformación entre el
profesorado; la formación colaborativa o cooperativa, creando tiempos,
espacios, oportunidades y estímulos para enriquecerse unos de otros, a través
de proyectos de investigación grupales, abriendo las aulas a otros docentes,
encuentros externos para intercambiar experiencias, etc; y en tercer lugar la
reflexión, ya que no sólo vale la experiencia, sino que ésta hay que someterla
a la autocrítica, el análisis, a la mirada del otro, para que se produzca verdaderamente
el cambio y mejora personal, perseguida. Bajo esta perspectiva, considero que
aquel profesor innovador no es quien aplica lo nuevo sino aquel que provoca
nuevas reflexiones y como consecuencia nuevas motivaciones en el alumnado.
Quisiera hacer
referencia a un artículo de Santos Guerra en “La pedagogía contra Frankenstein”,
“Dar clase con la boca cerrada” en el que hace referencia a un libro de Ken
Bain, director del Center for Teaching Excellence de la New York University,
titulado “Lo que hacen los mejores profesores universitarios”. En él se exponen
los diez rasgos que deben caracterizar al buen profesor, extraídos del estudio
realizado a 63 docentes, considerados por los estudiantes como buenos
profesores, lo cual es bastante significativo:
-
Generan expectativas, no utilizando un lenguaje
basado en exigencias, sino cercano al alumnado, cómplice.
-
Parten de los cotidiano, ayudando al alumnado a
entender circunstancias o hechos cotidianos
-
Dominan su materia, son auténticos eruditos,
contando con publicaciones que figuran entre las preferidas del alumnado
-
Esperan más, confiando en la capacidad de
aprendizaje de sus alumnos/as.
-
Son abiertos, llegando a compartir su aventura
intelectual con sus alumnos/as
-
Aman la docencia, y esto se manifiesta en la
importancia que otorgan a sus clases como si de proyectos de investigación se tratara.
-
Hacen autocrítica, no culpando a los estudiantes de
ninguna de las dificultades.
-
Crean entornos para el aprendizaje, críticos y
naturales.
-
Evitan la arbitriariedad, es decir cuando evalúan se
autoevalúan y fundamentan sus calificaciones en objetivos de aprendizaje
básicos.
-
Hacen
comunidad, abriendo el aula y considerando sus clases y conocimientos como
parte de una empresa educativa.
Estos planteamientos contrastan
con la “Mentalidad propedéutica” señalada por Rafael Feito (2006), de aquellos
profesores convencionales, por calificarlos de algún modo, que entienden su
labor docente como una mera transmisión de conocimientos llave para poder
alcanzar el siguiente nivel educativo (Bachillerato, Universidad,…). Su
propósito es acabar el libro de texto o el programa con independencia de que
los alumnos/as estén interesados o aprendan los contenidos curriculares. Es
decir, reflejando la idea de Ángela Alioli (1997), no existe dirección ni rumbo
para un barco que debe llegar, en el sentido profundo de la expresión, a un
puerto tan importante como el niño/a, y en general el estudiante. Hemos de usar
lo que tenemos (Historia, filosofía, matemáticas,…) para darle un sentido y
trasladarlo a la vida.
“No es suficiente con saber muchas matemáticas (Competencia disciplinaria)
sino saber además ponerlas al servicio de la realidad (Autoridad científica)…Hay
un reconocimiento generalizado sobre los límites propios y se busca aquello que
puede ser posible. Si caemos en la impotencia o en la prepotencia, caemos en la
inacción. Nos conformamos con el libro establecido y asumido para ganar
autoconvencimiento. No somos transmisores, altavoces, somos mediadores entre el
conocimiento y el alumno/a para hacer comprender al alumno/a la realidad” (Nieves
Blanco, 2011).
Se trata de perseguir el enfoque
útil de lo que somos y hacemos. Afirma Daniel Pennac en la entrevista realizada
por Lola Lara (2008): “El aula es un
trozo de humanidad tal cual”. Se trata pues de un doble paradigma
competencial que haga al profesor amar desde dos puntos de vista; por un lado,
amar su profesión y por otro amar al alumnado, entendiendo este tipo de amor
como dirigir nuestra enseñanza no hacia las asignaturas o al estudiante, con un
sentido peyorativo, sino hacia personas.
Se puede corresponder esta
reflexión con el concepto de vocación que señala María Zambrano (2000). Esta
autora analiza “la llamada” o vocación,
como algo que no sólo hay que oír, sino también acoger, ensimismándose para
manifestarse con mayor plenitud. Porque la vocación, bajo mi punto de vista
debe ser considerada como competencia intrínseca entendida como la unión de
vida, ser y realidad. Se trata de rescatar el ser sin perder de vista la
realidad, revelar la vida revelando al mismo tiempo la razón, descubrir la
integridad humana sin desconocer ninguno de los aspectos que la integran.
Debemos convertirnos en mediadores de conocimiento, “…interpretar las cosas, ir más allá de lo que tenemos delante de
nuestros ojos y construir nuestro propio conocimiento e identidad a través de
interacciones, de relaciones,…”(Nieves Blanco, 2011). Esta mediación se
debe materializar o concretar a través de climas de libertad de expresión
cooperativos en el aula, con dos intenciones metodológicas claras: que los
alumnos/as creen aprendizajes durante la práctica y que planifiquen y propongan
aprendizajes futuros. Sólo así daremos “sentido vocacional” al proceso.
Considero, por tanto, en definitiva que “sentido”, cuyo origen
etimológico tiene la misma raíz que sentir y sentimientos; y “vocación”, deben
estar conectados, entendiendo la vocación no como algo innato, sino como “…un proceso de descubrimiento, de tu
condición humana, de tu yo. Ese descubrimiento te obliga, te inspira, te
invita, te pide hacer lo descubierto para ser feliz (Nieves Blanco, 2011). Me
podría aventurar a definir o clasificar las competencias en intrínsecas o
personales (Competencias auto) y extrínsecas o aquellas que la sociedad
reconoce como necesarias y útiles (Competencias hetero), ambos tipos bajo la
percepción, en palabras de Philippe Meirieu (2007) “…provocar el deseo de aprender…No
nos podemos contentar con dar de beber a quienes ya tienen sed. También hay que
dar sed a quienes no quieren beber”.

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