sábado, 25 de febrero de 2012

El Centro Educativo: Micropolítica educativa y Cultura innovadora a partir de la reorganización.


“El Director es el principal artífice de la realización efectiva del proyecto con un papel de guía y coordinación de todos los colaboradores. Responde directamente ante el productor y debe, además, de conducir en primera persona la ejecución del trabajo, tener en cuenta las exigencias del guión. Participa a menudo en la definición de los contenidos convirtiéndose a menudo a veces en coautor o autor principal de la obra” (Steven D. Katz, 2000)
La escuela es una organización compleja en la que se interrelacionan una serie de  elementos materiales y personales, que aceptan una cultura propia. Se hace pues necesario diferenciar y a la vez destacar dos términos necesariamente relacionados: Cultura y Organización. Para discernir y aunque parezca incongruente, conectar ambos conceptos, hemos de partir de la premisa, de que no hay innovaciones sin personas, unas condiciones organizativas que las hagan posible (contexto), y una cultura que propicie la innovación (actitudes) (Pulido,R. y Rodríguez, D. 2010). En muchos casos, esta innovación, sin embargo, se ve truncada por factores condicionantes tales como la falta de tiempo, la falta de ejemplos de buenas prácticas y una falta de entendimiento o de coordinación de los valores que vamos a compartir como claustro. En este sentido tal y como señalan Pulido, R. y Rodríguez, D. (2010), cabe preguntarse tres interrogantes: ¿Cómo surge la iniciativa de innovar?, ¿en qué ámbito queremos innovar?, ¿cuán profundo pretendemos que sea el impacto de la innovación? La respuesta a todos los interrogantes debe enmarcarse en el contexto referencial que condiciona cada una de nuestras actuaciones pedagógicas: el currículum. En palabras de Pulido, R. y Rodríguez, D. (2010), “no se entiende un currículum en el vacío, sin un contexto organizativo, ni organización que no esté sustentada en el currículum”.
Hemos de formular nuestra respuesta pues, partiendo del propio currículo. “Desde el momento en que hay un guión, se inicia el trabajo que derivará en que el director debe esforzarse por conseguir que cada plano y cada secuencia ideada o guionizada tengan su razón de ser”(Steven Katz, 2000). Es la dirección la que debe adoptar una postura flexible respecto a las dos vertientes que articulan la organización (Rodríguez, D., 2010):
-          Vertiente extrínseca: normativa estructura, medios disponibles (espacios, tiempos, recursos)
-          Vertiente intrínseca: cultura, relaciones, sistemas de participación, currículo oculto.
Ambas vertientes configuran el marco contextual de un centro,  un espacio referencial que resulta difícil analizar teniendo en cuenta la realidad educativa que en él tiene lugar. Frecuentemente nos dejamos llevar por una marea de acontecimientos normativizados que condicionan nuestras actuaciones en el centro. Es por ello por lo que se hace necesario abordar el estudio de una organización educativa de acuerdo con  Rodríguez, D. (2006) mediante tres dimensiones complementarias: la institucional, la cultural y la micropolítica. Es la dimensión institucional la que abstrae y/o  distrae del funcionamiento real de un centro dados los parámetros político-sociales imperantes que estructuran y dominan el centro. Será por tanto el contexto micropolítico escolar, el que nos hará ver la vida del centro, es decir, las verdaderas relaciones y jerarquizaciones de manera directa y por ello, la comprensión de los problemas individuales de su estructura organizativa. “Paradójicamente todo funciona según lo regulado normativamente” (Rodríguez, D., 2006). La peculiaridad del centro, la individualidad de cada grupo y profesional, la singularidad de un determinado alumnado, con unas características concretas y en un contexto preciso, se generaliza. Se desvirtúa por tanto la realidad y se aculturiza y socializa en base a unos cánones pedagógicos, exigiendo la preparación del alumnado para recorrer un circuito “a ciegas” por las distintas etapas bisagra de adoctrinamiento. La administración obvia la dimensión cultural del centro, sin entenderlo como una organización dinámica, en la que conviven personas con unas expectativas e intereses distintos. Ello nos obliga a pensar que se constituye un micro-mundo, con sus micro-normas, creándose subculturas con ideas e interpretaciones prácticas divergentes. “…Es esta dimensión cultural la que puede dar apariencia diferencial, única e irrepetible a cada organización…”(Rodríguez, D., 2006) Es de esta forma como se construye una dimensión micropolítica, en la que unos y otros grupos luchan por hacer prevalecer sus ideales, lo cual entra a su vez en conflicto con una estructura macropolítica que coarta su libertad y espacio crítico.
En este sentido, “…el director, encargado de mediar entre las exigencias político-administrativas y las que derivan de la comunidad escolar, se ha convertido en el centro de la diana hacia donde derivan los intereses en pugna de los distintos sectores. Cada grupo sectorizado ha pasado a ser juez de las actuaciones del otro, negociando sus intereses particulares con el director del centro, encuentros privados son utilizados como estrategias de control para mantener el poder”(Rodríguez, D., 2006).
            Dentro de este marco macro y micro-político, cabría reflexionar sobre la necesidad de plantearse transformaciones en las prácticas escolares alejadas de la homogeneidad y cercanas a la heterogeneidad didáctica, en las que el propio alumnado, como público y espectador hasta el momento de la película, participe de la vida escolar, y se convierta en la pieza clave del puzzle indisoluble que señalábamos anteriormente, conformando una nueva cultura escolar no genérica sino particular, en cada centro educativo. Es en este contexto en el que los planos, las secuencias de aprendizaje empezarán a significar algo, y las escenas cotidianas enriquecerán el rodaje con nuevas aportaciones. En resumen, en palabras de Jaime Camino (2000): 
el ciclo de producción de una película es como un largo tren que arrastra vagones llenos de equipo y pasajeros. Una vez que el tren ha salido de la estación, es muy difícil hacer cambios en el programa. El único momento en que un director tiene la libertad de cambiar la dirección de una película es antes de que una considerable cantidad de dinero y personal se comprometan en el proyecto. Para cualquier director es importante comprender cómo puede integrar su propia capacidad de visualización en el proceso de colaboración del ciclo de la producción”.
Podríamos pensar, y no nos equivocaríamos, que la verdadera producción se debe llevar a cabo en el centro, bajo la orientación y coordinación abierta de la dirección; exige por tanto, un compromiso por parte de la dimensión institucional, para que las dimensiones cultural y micropolítica adquieran sentido, y faciliten el proceso de desarrollo de la personalidad única de cada centro educativo. Sólo así se podrán conseguir cambios que se prolonguen en el tiempo y lo que es más interesante, cambios, que más allá de acomodarse en una postura sólida  que conduzca a la relajación y el estancamiento, admitan nuevas inquietudes e innovaciones que mejoren nuestra práctica. De acuerdo con M A Zabalza (2004):
“La innovación en las organizaciones educativas es la introducción de cambios justificados, viables, prácticos, desde un compromiso con la mejora, en el que las decisiones siempre están vinculadas a procesos de (auto) evaluación y se persigue una implantación estable y duradera de dichos cambios”.
Es así como el montaje y edición de la película a través del Proyecto educativo, “…constituiría la fase final de compaginación del mensaje visual, ordenando y relacionando las imágenes y sonidos que se prevé del resultado final de la película”, ensamblando recortes escogidos, durante la propia práctica, para llegar a tener la opción de poder elegir el rollo definitivo que se lleve a la pantalla, pizarra o pizarra digital.
Es el momento de mirar a nuestro alrededor con los ojos del niño/a que aprende, y pensar en lo que realmente se le ofrece desde la cultura y política escolar. Se seleccionan contenidos, métodos, se formulan objetivos,…sin atender a los intereses reales de los que van a recibir dicho aprendizaje. Como indica Santos Guerra en “La escuela que aprende”, debemos plantearnos una serie de interrogantes que cuestionen lo que hacemos y por qué y para qué lo hacemos: “…¿qué tienen que aprender las escuelas?, ¿qué tienen que hacer para desarrollar adecuadamente la formación?, ¿qué obstáculos existen para el aprendizaje?,…” Es indudable que la escuela debe aprender para conocer al alumnado y lo que se enseña al alumnado, ya que si importante es conocer los modelos de enseñanza más idóneos, tan importante o más, y como consecuencia uno con el otro, resulta el dominar los modelos de aprendizaje. De lo contrario se obstaculiza la libertad de aprendizaje, quedan atrofiadas, en palabras de Santos Guerra, las siguientes dimensiones capitales:
“Los profesores aprenden, la escuela aprende, los alumnos enseñan a los profesores, los alumnos aprenden unos de otros, los profesores aprenden juntos, todos aprendemos unos de otros”.

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